Estimado Julián:
Siento ser en parte, como dices, responsable de tu eterna condenación, más no te preocupes pues allí nos veremos, y me temo que la concurrencia de nuestro gremio será tan abundante que satanás habrá dispuesto desde hace tiempo un ala del infierno para nosotros, seguramente pertechada a tal efecto, con campo de tiro, armería y lugar de reunión y celebraciones.
Mi madre, mujer hiperactiva donde las haya, ya retirada, se hizo cargo de la alcaldía de un pequeño pueblo navarro donde se asienta el solar familiar y donde pasa largas temporadas del año por su afición a la horticultura, jardinería y cría de animales. Uno de los logros conseguidos fue una subvención para la compra e instalación de casetas de cría para pájaros, cuya colocación encomendó a los ociosos jóvenes del lugar. El éxito de tal iniciativa fue enorme y el siguiente año los trinos de cientos de pájaros eran el despertador más dulce que uno pueda imaginar. Esto trajo aparejado, como era de esperar, la aparición de córvidos, pequeñas rapaces y cazadores nocturnos como garduñas y ginetas. Concediendo a estos últimos y a cernícalos y gavilanes el papel de selectores naturales y una belleza más, decidió, previa consulta, declarar la guerra sin cuartel a urracas y cornejas. Esta labor, como era de esperar, recayó en mí, y claro, ¡como desobedecer a la señora alcaldesa! Dado el caracter semiurbano del cazadero no quedo otra opción, a la hora de escoger arma, que el aire comprimido.
Sea por lo largas de las vacaciones de un estudiante, yo en aquella época, por mi afición enfermiza, o por la increible inteligencia de los córvidos, recuerdo aquel "encargo municipal" como una modalidad en si misma, y de las más satisfactorias que he podido practicar.
Muchas gracias por tus comentarios sobre mis fotos. Siempre las he cosiderado una manera de intentar describir y compartir un instante en el monte. Sin embargo tengo que decir que no tienen ningún mérito comparado con saberlo hacer con palabras. Me confieso desde aquí admirador de tus trabajos.
Un saludo afectuso.
Parece mentira. Estaba limpiando mi sufrida cámara después de hablar de urracas, y mira quién me pedía cuentas por la ventana de mi estudio, subida en la punta de un ciprés.


