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Y luego, nada.


Pablo Trapote Cubillas
(@pablo-trapote-cubillas)
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Topic starter  

La noche había sido muy agradable.

Por fín, y tras varias semanas de sequía, campos agostados y calor sofocante, había llovido.
Quizás por eso , el sol le había sorprendido todavía fuera de su encame.

No acostumbraba a alargar tanto sus correrías nocturnas, encontrandose con los primeros rayos de sol ya acostado, siendo esta una precaución que había tomado tiempo atrás.

El único día en que había sentido el miedo habia sido con el sol ya en lo alto, cuandó un trueno rompió el silencio, callando a los pájaros. El rayo fué instantaneo, recibiéndolo el suelo entre sus patas.

Corrió como nunca había corrido y por el rabillo del ojo vió, a cierta distancia, una figura pálida incorporarse mirando en su dirección, justo antes de escurrirse entre los árboles.

Desde aquél día, observaba el nacer del sol oculto como un fantasma, no abandonando su escondite hasta que la oscuridad de la noche se lo tragaba todo.

Llevaba allí un par de años...

Un par de años desde que su propio padre le había expulsado del sitio donde había nacido, hiriéndole en el proceso.

Deambuló durante semanas, sólo, hasta que encontró lo que ahora llamaba hogar.

Un oasis de chopos, zarzas y maleza en un valle rodeado de campos de trigo, viñas y tierras de cultivo, cruzado por un pequeño arroyo que le proporcionaba agua y frescor durante los duros meses de Estío.

Oía voces a menudo; Animales pálidos, que caminaban sobre 2 patas, como el que hacia varias lunas produjo aquel trueno que todavía hoy le causaba escalofríos pasaban por un camino a escasa distancia de donde se encontraba, comunicandose a voces unos con otros y sin prestar atención a nada más que ellos mismos.

No sabían que estaba allí.

Zorros y agún jabalí eran sus vecinos, así como palomas y grajos que le alertaban con su vuelo de posibles intrusos.

Eran pocos.

Él y un par de compañeras que, igual de solas que él, habían llegado un buen día buscando cobijo de los páramos desnudos que se extendían hasta donde alcanzaba la vista.
Las había aceptado con gusto, tres pares de ojos y tres narices ven y huelen más que uno, aunque ellas no eran tan precavidas como él, saliendo a comer y acicalarse en pleno día incluso cuando el sol ya estaba en su cénit.

Hoy iba tarde.

Se tranquilizó cuando llegó al borde de la maleza,ya con la luz en el cogote y sintiendo el agradable roce de las zarzas, todavía mojadas por la lluvia nocturna rozandole los flancos, se perimitió un último y sabroso bocado antes de desaparecer en la espesura hasta que el sol volviese a ocultarse en el horizonte.

Entonces lo oyó.

Una de sus compañeras llamaba con insistencia desde el valle más allá de la floresta.
Habría encontrado algo interesante y llamaba a los demás para mostrarselo.

No le prestó mucho cuidado: Que se diviertan, pensó. Eran incorregibles, su curiosidad, insaciable y no había día en que algo no les llamase la atención.

Ya casi había llegado al centro de la mancha, dispuesto a acostarse cuando la llamada cambió en tono e intensidad, volviendose más agitada.

Estiró sus orejas, escuchando con atención. Cantaban las codornices al alba, y el gallardo macho de Perdiz llamaba para unir a su bando, por lo que descartó que ningún predador fuese causa de aquél guirigay.

Por encima de esos sonidos, escucho como el grito se convirtió en agonía.

Le hirvió la sangre.

¡¿Acaso algún contendiente se atrevía, ya no a entrar en sus dominios, si no también a cortejar a sus hembras!?

Él era el dueño y señor de aquel territorio, de sus Inviernos que convertían en escarcha los duros terrones, de sus Veranos abrasadores que lo teñían todo de oro, polvo y sequía, de sus Primaveras que hacían que todo explotase de vida.

Ese era su hogar,le había costado sudor y sangre encontrarlo, mantenerlo... y lo defendería a capa y espada.

La llamada de agonía se repitió.

Salío de su defensa arbórea como una tromba, olvidada ya toda precaución, olvidada ya toda costumbre e instinto de supervivencia.

Esas hembras eran suyas.

Cada árbol, cada gota de rocío... Y los hijos de esa tierra serían suyos, o no serían.

Llegó a la gran siembra de trigo en la que gustaba de acostarse durante las noches, meciendo el suave viento sus espigas que le acariciaban la piel.

La habían cortado hacía un par de semanas y ya nada había allí para él, y sin embargo desde allí era desde donde su hembra llamaba insistentemente.

Gallardo, se encontraba erguido intentando localizar a ese pobre infeliz que se había atrevido a cruzar los bien marcados límites de su feudo cuando lo olió.

El aire, ese tan fiel aliado, cambió de repente , revocando en el valle que hacía límite con la siembra en que se encontraba y llevó a su nariz un olor dulzón.

Reconocía ese olor , y fué consciente del engaño.

Alerta,con todos sus sentidos a flor de piel, descargando adrenalina por cada fibra de su cuerpo, se dispuso a salir huyendo como una exhalación.

Entonces lo oyó.

El trueno, el mismo que le había atormentado en sueños cada noche desde hacia meses, se repitió.

El rayo esta vez cayó justo detrás suyo.

Se encontró , sin saber por qué , tumbado.

Miró más allá del valle, hacia la fronda y maleza en que se guarecía durante el día, hacia las copas de los altos chopos que formaban el dosel de su cama y maldijo al Sol.

Sentía la tierra, humeda después de la tormenta, apretada bajo su cuerpo. Las espigas, ya cortadas y mojadas por la lluvia se le clavaban en los costados. ´

Esa tierra, que le había arropado, le había procurado cobijo y alimento y le había visto crecer.

Sintió, al igual que todos los de su especie, un profundo y eterno amor por esa tierra que le había hecho ser.

Su último pensamiento fué para ella.

Y luego, nada.

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