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UN CORZO DE ÚLTIMA HORA


Federico Calzada Serrano
(@federico-calzada-serrano)
Miembro Eminente
Registrado: hace 2 años
Respuestas: 32
Topic starter  

Hace unos días, en una red social hacía un pequeño “homenaje” a mi temporada y este pequeño relato es, a su vez, un pequeño homenaje a todos los corzos que, temporada tras temporada, nos hacen disfrutar de esos increíbles momentos, experiencias y sentimientos que solo los que vamos tras ellos, somos capaces de comprender.

Pero, inevitablemente, por aparecer un solo actor en esta escena, es un homenaje a este individuo concreto, que tanto trabajo me costó, pero que tanta ilusión me hizo y tantos buenos momentos me regaló.

Esta historia comenzó a mediados de marzo de 2019 cuando, por primera vez, pude verlo y conseguí grabarlo, curiosamente, en el mismo lugar que lo haría este año en fechas similares.
Durante ese año lo ví innumerables veces, no grabándolo todas, pues, como digo, sus avistamientos eran numerosos y nuestros encuentros eran tan habituales que no siempre lo “metía” en el objetivo de la cámara, disfrutando, la mayoría de las veces, únicamente con su transitar.

No puedo negar que me sentí tentado de hacerme con él en varias ocasiones, pues se trataba de un bonito corzo para la zona, con una forma, longitud y “hechuras” ya apetecibles, pero algo me decía que no era su momento, que merecía la pena esperar, ver su evolución e intentarlo, quizás, la temporada siguiente.

Aquí algunos vídeos que le pude hacer, no todos con la calidad ni la estabilidad que me hubiera gustado, pero no siempre los encuentros se pueden “preparar”. Como se puede apreciar en alguno de ellos, lo llegué a tener a no más de 10 metros en ciertas ocasiones.

Marzo 2019

Abril 2019

Abril 2019

 

Mayo 2019

Agosto 2019

Octubre 2019

 

Pero ya se sabe que las cosas no siempre salen como se planean y el tiempo nos demostraría que todo puede cambiar de formas que uno no espera.

2020 fue un año complicado, como todos vivimos, y tras muchos días intentando localizar a mi amigo, pasó la temporada sin ser capaz de hacerlo; se lo había tragado la tierra o algo peor -malos pensamientos rondaban por mi cabeza-.

La ilusión volvió cuando esta temporada, sin esperarlo, lo localicé, como comentaba más arriba, en el mismo punto de una siembra (50 metros más alejado) en el que lo hice dos años antes y en la misma época. Ahora parecía compartir espacio con otro macho de similar porte. Dejé a ambos tranquilos, aunque la veda ya estaba abierta, en espera de la visita que unos buenos amigos nos harían en unos días. Ellos serían los primeros en intentarlo con cualquiera de los ejemplares.

Abril 2021

Ésta fue la primera -y única- vez que conseguí verlo durante la temporada.

No fue hasta principios de este mes de octubre que, fruto de la insistencia (sabía tenía que mantener su territorio en esa esquina, por fuerza), volvimos a verlo en un par de ocasiones, sin darnos oportunidad. La primera de ellas salió por donde yo estaba convencido que lo haría, pero por circunstancias y al estar mi padre y yo despistados observando otro viejo corzo que salía cerca y que también era uno de nuestros objetivos, nos descubrió y no nos dio oportunidad de disparo. Al día siguiente, por la mañana, lo intentamos en esa esquina y, pensando que podría salir también por una siembra del lado contrario del bosquete donde tenía su encame y refugio, dimos la vuelta y, lentamente nos acercamos a ese lugar. Al llegar no lo vimos, pero tras avanzar varios pasos más, ya con la guardia baja, vimos como una hembra salía corriendo de la misma punta de la siembra, seguida por el macho, cuyas hechuras eran inconfundibles, y otro joven corzo. Esa mañana estuvimos esperándolo por la zona hasta casi la hora de comer, en espera de que volviera, antes o después, hacia a su encame, no dando la cara.

Estaba claro que había vuelto a su cuartel de primavera y sería cuestión de tiempo y mucha, mucha paciencia que nos diera una oportunidad.

No fue hasta dos días después, último día de la temporada, que, con más fé que otra cosa, lo esperé donde nos había pillado la última tarde. Modifiqué algo el lugar de espera, algo más expuesto, entre unas hierbas altas que partían dos siembras. Pronto por la tarde y armado de paciencia, me dispuse a quemar el último cartucho allí, antes o después el macho debía dejarse ver.

El corzo que nos había hecho bajar la guardia la tarde anterior, era otro de mis objetivos. Un viejo animal, con buenas rosetas, la cuerna derecha sin puntas y la izquierda partida por la mitad.

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Mi plan era ir a por el que primero apareciera, pues los días, cada vez más cortos, no me darían oportunidad más que de hacer la entrada final y poco más.

Las cartas estaban repartidas.

La tarde transcurrió tranquila, con buen tiempo, buena temperatura y sin viento; vamos, ni pedida por encargo. No dejé de ver animales a un lado y otro de las siembras, pero, sorprendentemente, ninguno de los animales que iban apareciendo eran machos, ni jóvenes, ni de ninguna clase, exceptuando las crías del año que acompañaban a sus madres. Pude contar más de una veintena de animales.

Vistas

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Un compañero de espera

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Otros visitantes

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La tarde avanzaba y la noche ganaba terreno; ocho de la tarde y la luz escaseaba. De la siembra donde esperaba ver salir al corzo, iban saliendo hembras con crías. Con cada aparición, mi corazón se aceleraba y mis pulsaciones se disparaban: “¿vendrá el macho detrás?” -me decía-; la cámara preparada, el rifle entre las piernas…nada. Y así una vez tras otra hasta contar más de una docena de animales, que salían y entraban a la siembra.

20:05

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A las 20:20, sin casi luz, una hembra y una cría salen, con intención de aprovechar los rebrotes tan apreciados en esta época; de repente la hembra se enfrenta a otra que se encontraba comisqueando en el sembrado y comienzan una pelea como no había visto igual; las disputas territoriales entre ellas son habituales, pero nunca lo había visto de la manera que lo hice en aquel momento. Sus topetazos, cabeza contra cabeza, sonaban como si de muflones se tratara. Hipnotizado con esa lucha, que duró largo tiempo, había despistado una parte de la tierra que quedaba detrás y hacia mi derecha; por el rabillo del ojo veo que una cría había salido, y yo, por la escasa luz, no había visto; acto seguido sale una nueva hembra y, tras ella, otra cría. A los pocos segundos y unos metros por detrás veo salir del monte lo que claramente es un macho. La luz no ayuda, pero veo que se trata de un animal de porte y una vez dentro de la siembra adivino su inconfundible cuerna, larga y cerrada arriba. El corazón se me va a salir de la boca y, rápidamente, me tumbo para coger una posición más cómoda y prepararme para ejecutar el lance. Nos separan escasos 60 metros. Justo cuando voy a disparar el corzo ve la pelea que las hembras seguían manteniendo y, como si intentara mantener el orden, el macho se dirige al trote hacia ellas, acercándose, por tanto, unos metros más a mi posición. En el momento que me recoloco el corzo parece intuir algo entre las altas hierbas, parando en seco, como una estatua, casi de frente y mirando hacia donde yo me encontraba. En el visor solo intuyo su figura, cojo aire y me decido a intentarlo, es mi ultima oportunidad y no tengo nada que perder. Tras accionar el gatillo, el corzo sale corriendo, no especialmente rápido, dándome la impresión de que al tiro pega un latigazo al aire con las patas traseras, y entra al bosquete de encinas. Creo que le he acertado, pero no me fio, había poca luz, casi no le veía y podría haber dado un rozón.

Tras los 15 minutos de rigor, me acerco con la luz del teléfono a donde, intuyo, se encontraba el corzo en el momento del disparo. Nada, ni rastro. Recorro la tierra de lado a lado, haciendo zig zags, y el borde de esta con el bosque de encinas y nada, ni gota de sangre, pelo o indicio alguno.

No quería trastear mucho el interior del monte, pensando ya en volver al día siguiente con la ayuda de una perra especialista en estas tareas. En vista de la faena que le haría a mi amigo, su conductor, y que el tiro, por la posición del animal, la distancia, la confianza en “el arco”, y la reacción, decidí, finalmente, intentar su búsqueda en el interior de aquel bosquete, con la esperanza de que en su carrera hubiera chocado con alguna de las prietas matas de carrasco de encina y hubiera caído. Tras penetrar unos 5 metros en aquel matón y arrastrándome para librar las ramas que me impedían avanzar, veo un bulto en el suelo. Con una mano me ayudo de la linterna del teléfono, iluminando en aquella dirección, y con la otra echo mano de los prismáticos, distinguiendo lo que parece un culo blanco a los pies del tronco de una encina. ¡Allí estaba, lo había conseguido!

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Los momentos posteriores no puedo explicarlos, pero seguro que muchos podréis imaginar cómo fueron. Allí, a las nueve de la noche, en la soledad absoluta de la noche, había conseguido mi ansiado corzo. Permanecí unos segundos junto a él, observándolo, acariciando su cuerpo, su cara, su trofeo, sintiéndome feliz por estar disfrutando de ese momento.

Lo siguiente fue la llamada a mi padre diciéndole, emocionado: “¡¡papá, lo he conseguido!! Salió a última hora, sin luz, por su esquina. ¡Luego te cuento bien!”. Sólo él sabe la ilusión que me hacia ese corzo y todo el tiempo, trabajo y ganas que había puesto durante esos últimos días en hacer que fuera él quien lo cazara, siendo yo, finalmente, el afortunado.

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Su característica cuerna izquierda curvada

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La mandíbula me confirmaría que se trataba de un corzo adulto

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2019 vs 2021: puede apreciarse el patrón casi idéntico de su cuerna

2019 vs 2021
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Tras las fotos y demás tareas, salí del campo bien pasadas las diez de la noche, pero ¿qué más daban unos minutos comparados con tres años de avistamientos, desvelos, emociones, atardeceres, anocheceres tras sus pasos?

Solo los locos por el pequeño de nuestros cérvidos podrán entender de lo que hablo.

 

Federico Calzada Serrano.


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