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Fábula de la cotorra y el asesino.

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(@Alfonso Treviño )
Noble Member
Registrado: hace 7 años
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Os transcribo artículo de ayer publicado en El Confidencial, que os dará que pensar......si el Administrador entiende que no aporta o que no está en el sitio adecuado, que lo borre o lo cambie de lugar.

Fábula de la cotorra y el asesino

Javier Caraballo.

Hace unos días, una señora a mi lado amonestaba seriamente a su perrito: “¿Cuántas veces tengo que decirte que no me gusta que ladres?”. El perrito la miraba desconcertado y movía el rabo, pensando que quizá le caería algo de la mesa, algún trozo de pollo o de fiambre, pero la señora se volvía a hablar con las amigas hasta que, al poco, el perrito ladraba de nuevo y ella repetía la escena. Lo cogía en brazos y le hablaba seriamente sobre su mal comportamiento. ¿No me gusta que ladres? Tanto impacto me produjo que, al poco tiempo, me tropecé con un amigo que también paseaba con su mascota por la acera y, al comentarle la escena, me miró con cara de póquer, como si no entendiera nada. ¿Dónde está la novedad? ¿Qué es lo que te parece extraño?

Definitivamente, parece que el raro soy yo: se le puede pedir a un perro que sea educado y no ladre interrumpiendo una conversación de personas mayores de la misma forma que se le podrá pedir a un pez que deje de dar vueltas por la pecera y se quede quieto de una vez. Como en otros declives inexorables, la humanización de los animales comenzó hace años en medio de carcajadas, porque no podíamos tomarlo en serio, y ha acabado convirtiéndose en un problema mundial. Algún día se estudiará y el Sigmund Freud que haya de venir acabará pensando que la humanidad comenzó su declive virtual cuando Walt Disney hizo hablar a los animales en sus películas de animación y el ser humano acabó pensando que todo aquello era verdad; la única realidad.

Como en otros declives, la humanización de los animales comenzó hace años en medio de carcajadas, porque no podíamos tomarlo en serio

El daño, ciertamente, ya es irreparable. Hay dos sociólogos de Estados Unidos, Arnold Arluke y Jack Levin, que hicieron un interesante experimento con más de 300 hombres y mujeres. A cada uno de ellos se le entregaron cuatro noticias similares que hablaban de maltrato y violencia. En un caso, el maltratado era un perro, en otro caso un bebé, luego un hombre adulto de unos 30 años y finalmente un cachorro. Cuando las leían, tenían que clasificarlas de mayor a menor, según el impacto emocional que les hubiera producido. ¿Que quién quedó el último? Efectivamente, la inmensa mayoría dijo que lo que más pena le producía era el maltrato al bebé, seguido del cachorro, luego el perro y, por último, el hombre adulto. A partir de ese experimento, ya podemos explicarnos muchos de los comportamientos y las reacciones del personal ante las noticias: la imagen de un gatito desnutrido siempre será más viral que la de un hombre desnutrido. Porque una vez que a los animales se les ha dotado de personalidad humana, ya no existen diferencias para sentimientos como la ternura, la compasión o la tristeza: hombre y animal son lo mismo.

Esa es la explicación sociológica, además, de que cada vez haya más grupos animalistas, con más adeptos, y de que la muerte de un animal haya comenzado a considerarse, con absoluta normalidad, como un asesinato. Sin entrar en las barbaridades que dicen los antitaurinos, podemos fijarnos en un hecho de esta misma semana en Sevilla: la controversia política sobre la plaga de cotorras que se extiende cada vez más por la ciudad. Después de meses y meses de debate, informes y contrainformes, el alcalde de la capital andaluza, el socialista Juan Espadas, decidió contratar los servicios de una empresa especializada en erradicar aves de este tipo con el uso de carabinas de aire comprimido.

Son ruidosas y desplazan a la fauna local: ¿deberíamos empezar a sacrificar cotorras?

Llegaron a España como mascota, pero en los 80 algunos ejemplares alcanzaron la libertad y se adaptaron a su nuevo entorno. Ahora son una plaga que está desplazando a las especies autóctonas

Otros métodos de captura no habían funcionado, con lo que, ante el avance arrollador de la cotorras en el principal pulmón verde de la ciudad, el Parque de María Luisa, el riesgo para otras especies autóctonas y el odioso malestar que provocan con sus chillidos, solo quedaba una alternativa: dispararles. La Junta de Andalucía, como autoridad competente, tuvo también que pronunciarse y acabó concluyendo que era necesario el exterminio “teniendo en consideración que el uso de la carabina es el método más eficaz para lograr una disminución de individuos hasta en un 99%”.

Obviamente, saltó la polémica. Diversos grupos animalistas y los concejales de Participa Sevilla, el equivalente municipal de Podemos en el ayuntamiento hispalense, amenazaron al alcalde con denunciarlo. En las redes sociales se iniciaron campañas de recogida de firmas y no era raro encontrar entre los comentarios a algunas de estas noticias calificaciones de `asesinato` de cotorras. “¡Liberación animal ya!”, enfatizaban. En alguno de esos comentarios, se leían barbaridades del tipo de que “el verdadero enemigo de una ciudad o de cualquier lugar donde haya una alta concentración de humanos, es su propio creador: el hombre”. ¿Tendrían, en consecuencia, que irse los humanos de las ciudades para no molestar a las cotorras?

No era raro encontrar entre los comentarios a algunas de estas noticias calificaciones de `asesinato` de cotorras

En fin… Que lo que ha ocurrido es que cuando todo estaba ya dispuesto, el alcalde ha cedido a las presiones y ha decidido suspender la contratación de la empresa que iba a matar a las cotorras. Los grupos animalistas que estaban en contra del uso de carabinas se han puesto a aplaudir y los concejales de Participa Sevilla han instado ahora al alcalde socialista a buscar “métodos más éticos”, como el control de la reproducción mediante piensos esterilizantes.

La plaga de cotorras es un problema grave en Sevilla, en Madrid y en media Europa, y lo extraordinario es que, con independencia del daño que puedan causar al medio ambiente autóctono de cada ciudad a la que llegan, están poniendo de relieve la insoportable levedad de esta sociedad que ha interiorizado que el mundo animal es aquel que, cuando eran niños, salía en las películas de Disney. Habría que llamar a la señora del perrito para que hable con las cotorras y les explique que no deben hacer tanto ruido, ni ocupar los nidos de otros animales, ni destrozar cosechas. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no me gusta que lo hagas, cotorra? Una ideología de peluche invade el mundo, mucho antes que las cotorras. Si hay una moraleja para esta fábula, sería esa.

saludos,

Alfonso.



   
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(@pedro-hernandez-muguruza)
Trusted Member
Registrado: hace 7 años
Respuestas: 77
 

Buenisma y, desgraciadamente, asi es. En muchos aspectos hemos perdido el norte totalmente.



   
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(@Gerardo Pajares Bernaldo de Quiros)
Famed Member
Registrado: hace 7 años
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Desde hace años vivo, con enorme amargura, el arranque de cada época de peregrinación por el Camino de Santiago. Cada año algunos de estos devotos caminantes se sienten en la obligación de regar su paso con denuncias a los habitantes de nuestros pueblos y aldeas por las más variopintas y delirantes causas. De forma que la tenencia de perros, burros, caballos u ovejas, se convierte en un calvario para los sufridos habitantes del campo.

Devienen estas denuncias de una visión animalista de la relación que los humanos debemos tener con los animales, que no es otra que la de meras mascotas.

Esta visión es tan generalizada que en las propias facultades de veterinaria se producen serias disfunciones en la práctica docente, como consecuencia de una cada vez mayor contestación del alumnado a la realización de las prácticas normales y regladas para alcanzar la condición de veterinario: negativas a acudir a los mataderos, negativas a realizar prácticas quirúrgicas con animales, etc. Alguna universidad se ha visto en la obligación de hacer firmar a sus alumnos de primer curso la renuncia expresa a la objeción de conciencia a tales prácticas para poder realizar la matrícula.

En todo caso, esto no es más que el reflejo de la evolución perniciosa de nuestra sociedad, en la que la gente prefiere tener perros en lugar de hijos. Así nos va.

Saludos,

Gerardo Pajares



   
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(@Pedro Camacho Ruiz)
Reputable Member
Registrado: hace 7 años
Respuestas: 404
 

 Nuestro tiempo se llamará así: "Animalista", como otros Ilustración o Renacimiento, Prehistoria o Edad Media.

 Acabará como acabaron todos, con la llegada de un nuevo tiempo con nombre propio. Os propongo imaginar cómo se llamará.

 Yo imagino que después que la humanidad "occidental" -vamos a llamarla así- consiga parecerse a la imagen ficticia de los animales de Disney -volvamos a considerar que ellos contienen todas nuestras virtudes y nuestros más perdonables defectos- y el resultado de ése intento fracase, no es posible otra cosa, nos encontraremos con la realidad: una Naturaleza donde el ser humano ya no ocupa su lugar como súper depredador, cosa que en las ciudades importa poco y en el campo mucho. En democracia mandan los votos y en el campo hay pocos. Pueblos, agricultores, campesinos, desaparecidos. &iquest,Hambre?, porque la ciudad se alimenta de lo que produce el campo, &iquest,y quién, en su sano juicio, convencerá a los animales para que no se coman lo nuestro?

 &iquest,Se llamará "Realismo"? Quizá. Yo no lo veré. Os cuento una anécdota sobre la llegada del nuevo "orden": A mis hijos y sobrinos cazadores les he augurado que les pagarán por cazar civilizadamente, es decir, matando.

 El tiempo dará la razón a quien la tenga.

 Pedro Camacho Ruiz



   
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(@felix-de-gregorio)
Trusted Member
Registrado: hace 7 años
Respuestas: 50
 

Hola Alfonso, gracias por el artículo. Ya lo había leído y me pareció francamente bueno, de hecho lo envié a algunos amigos. A mí me parece una buena idea que lo hayas puesto en este foro, este absurdo "animalismo" actual nos afecta, y mucho, a los cazadores y en general a todos los enamorados de la naturaleza. Y me temo que esto sólo va a ir a peor..

Os copio abajo un artículo que me ha encantado y que en cierto modo apunta en la misma dirección (el subrayado es mío).

Un saludo,

Félix de Gregorio

YA NO QUEDAN ANIMALES
por elcantodelcuco
Cuando yo era niño, los animales vivían en los bajos de la casa, salvo los gatos que tenían libertad para andar por la cocina y la sala de estar, recorrer los pasillos, rondar de noche por los tejados y parir en el somero. El grito de las gatas en celo semejaba en la madrugada el llanto de un niño. Los gatos eran unos privilegiados. En invierno ronroneaban en la chapa junto a la lumbre y arqueaban el lomo de gusto cuando les pasábamos la mano por encima. A la gata recién parida la abuela le daba un tarro de sopas de leche. El domicilio de los perros era el portal, el corral y la calle, donde ejercían el amor libre y se retaban a ladridos entre ellos, sobre todo por la noche. Tenían prohibido traspasar la puerta de la escalera que subía al piso de arriba. A cambio recibían las sobras de la comida, siempre escasas, y algún corrusco de pan duro. Acompañaban a los hombres y a las caballerías a la pieza, al monte o a la huerta. Resultaban imprescindibles para el cazador aunque no resistieran en el cazadero la muestra de la codorniz y menos la de la liebre encamada o la perdiz corrida a peón. Y no eran menos imprescindibles los perros de ganado para el pastor o el cabrero. Todos eran animales sin raza definida, fruto del mestizaje. El &ldquo,Reverte&rdquo, del tío Casimiro era el más peligroso si entrabas en el callejón. No llevaban correa ni los visitaba el veterinario. Nadie los bañaba. Pero eran libres. Se lavaban en las charcas o en el río, o con la lluvia. Ladraban a la luna y les asustaba especialmente el volteo de las campanas.

La cuadra, al fondo del portal, era el espacio de las caballerías: los machos, los caballos, las yeguas y, si se terciaba, el humilde borrico y el muleto. Cada uno disponía de su pesebre particular, donde recibía la paja y el pienso correspondiente, cebada o avena mayormente. Pero también, en el buen tiempo, el regalo de una fragante gavilla de hierba o de esparceta. La último obligación del campesino antes de irse a dormir era bajar a la cuadra con el candil en la mano y apiensar a las caballerías después del duro trabajo del día arrastrando el arado, acarreando leña o tirando del trillo. Abrevaban en el pilón de la fuente o, durante el verano, en el bebedero del final del ejido. Muchas veces me tocó de niño llevar los caballos al bebedero y en más de una ocasión conducirlos con una carga de trigo al molino o soltarlos en la dula. En el pueblo todo el mundo, hombres y mujeres, niños y viejos, colaborábamos en las tareas comunes según las posibilidades de cada uno. Estas que digo y el acarreo de la mies a la era solían ser tareas encomendadas a los muchachos. Desde pequeños aprendimos a montar a pelo y a enfrentarnos a las dificultades. Nuestra relación con los animales era de una gran familiaridad. Mirando ahora hacia atrás compruebo que, junto con los perros, los caballos formaron parte simbólica y fundamental de mi vida. Sus nombres no se me han olvidado.

En los rincones de la cuadra habitaban los cerdos en sus pocilgas, construcciones rudimentarias con techumbre baja y suelo de paja. Una de las zahúrdas estaba destinada a la cochina paridera y la otra a los cebones de la matanza. El gruñido formaba parte de la música animal de la casa. Más de una noche pasé con mi madre en la cochinera procurando que la cochina recién parida no aplastara a alguno de los tetones de la lechigada. Si hubiera que elegir un animal sagrado para aquellos campesinos, ese sería el cerdo, del que se aprovechaba todo y daba sustento a los de la casa todo el año. Y la venta de marciles y tetones al cochinero de la blusa negra proporcionaba una renta nada despreciable en aquella economía de penuria. En la misma orilla de la cuadra estaban los nidales y los payos de las gallinas. Recuerdo la fruición de meter la mano en el nidal y toparme con el huevo recién puesto, aún caliente. Las gallinas tenían libertad para andar por los bajos de la casa, por el corral y por las herrañes comiendo gusarapos y, cada mañana, recibían una rociada de trigo en el portal. El cacareo de las gallinas ponedoras y el canto del gallo al amanecer forman también parte de los sonidos inolvidables de la infancia.

En mi casa de Sarnago, la majada de las ovejas y de las cabras, que convivían en buena armonía, estaba entre la cuadra y el pajar. Otros vecinos disponían de tainas aparte. La majada con olor a sirle y a heno seco era, aparte de la cocina, en lo más crudo del invierno, con el ganado encerrado, el lugar más cálido de la casa. Allí pasé, envuelto en el vaho animal, las horas muertas viendo parir a las ovejas y ayudando a los frágiles caloyos a que se agarraran a mamar por vez primera. Me gustaba especialmente depositar la esparceta en los zarzos y las berzas picadas, en las canales. Por la mañana pronto, mi madre o la abuela bajaban a ordeñar las cabras, que proporcionaban el desayuno para la familia. Siempre he creído que las Tierras Altas, centro de la Mesta, son sobre todo, lugar propicio para la ganadería, ahora prácticamente inexistente. Pocas imágenes más gratificantes que contemplar el rebaño desde la casa como una alfombra ondulante bajando por la calle entre el tintineo de los cencerros.

Esta evocación del mundo animal, como componente esencial de la vida rural, que tanto influyó en mi vida y en la vida de mi generación, contrasta con la desaparición de los animales en los pueblos, donde ya no hay caballerías por los caminos ni rebaños en los campos y de donde se van hasta los gorriones, y, sobre todo, con la pérdida de contacto animal de las nuevas generaciones en la ciudad, salvo las pobres mascotas. Y, por si faltaba algo, ahí está el fervor desaforado de los animalistas, que, exaltando a los animales, pueden acabar rebajando la condición humana. De mí puedo decir que la relación con los animales, incluida la caza, me hizo más humano. Y, como acaba de escribir Fernando Savater, la desaparición de los animales de nuestra cotidianidad refleja la paulatina postergación del mundo rural.

https://elcantodelcuco.wordpress.com/2017/07/18/ya-no-quedan-animales/



   
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