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Vida y muerte en primavera.

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(@Pablo Ortega Martín)
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Registrado: hace 7 años
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El sábado de la semana pasada, hacia la una de la tarde, fui a colocar una cámara de fototrampeo en determinado paraje de mi coto. De camino, me llamaron la atención -por lo inusual de la hora- dos jabalinas que, a pleno sol, hozaban en un lindazo del monte, resguardado por un espeso festón de espinos del fuerte cierzo que soplaba en aquella jornada. Andaba observándolas y fotografiándolas desde la distancia, extrañado por la extensa cicatriz que una de ellas mostraba en el lado izquierdo del cogote cuando, de repente, sin ninguna duda tras algún gruñido o señal acústica de ellas que yo no pude escuchar, salió de entre los espinos una movediza barahúnda de rayones. Aparecer estos y tumbarse las dos cochinas para darles de mamar fue todo uno. Tomé una foto precipitada y, confiado en la cobertura que el intenso viento me proporcionaba, arranqué hacia ellas, en la seguridad de tener delante una ocasión excepcional (por la luz y la belleza del emplazamiento, entre los espinos en flor) de poder captar unas imágenes poco habituales en campo abierto. Sin embargo, algo debieron barruntar, porque cuando asomé al recodo desde el que pensaba poder disfrutar a buena distancia de la escena, todos habían desaparecido. Así que debí conformarme con las fotos previamente tomadas desde la lejanía, como las que os pongo a continuación: 

Las dos jabalinas, hozando antes de que convocasen a la hora del rancho a los rayones. (Había escrito ´antes de que tocasen fagina´, pero la mayoría ya no ha hecho ´la mili´ y no sabe lo que es eso). Se puede apreciar la lesión en el cogote de la de la izquierda.

Una de las jabalinas, con sus rayones.

Ayer, aproximadamente a la misma hora, volví a retirar esa cámara, y otra sorpresa me aguardaba. Al trasponer una loma, una inmensa águila real se arrancó del suelo, inusualmente cerca de mí. Me acerqué al punto del que había volado, esperando encontrar algún resto de lo que sin duda la rapaz estaba comiendo, y esto fue lo que hallé:

Se trataba de un corcino de pocos días. Podéis ver alredededor de él los puñados de pelo arrancados por el águila al iniciar el pelado de la pieza; indicio que, aún en el caso de que yo no hubiera visto al ave de presa, indicaría bien a las claras la especie a la que atribuir la muerte del animal.

Como el corcino era muy pequeño y el águila muy grande (sin duda, la hembra de una pareja cuyo nido conozco y se halla en las cercanías), me extrañó mucho que al arrancar el vuelo el ave no se llevara a su presa en las garras. Más aún cuanto que ésta se hallaba en un resalto de la empinada ladera, sin nada que estorbase esta maniobra y desde donde casi sólo con abrir las alas y dejarse caer se puede llegar al cortado donde anida. Como estaba convencido de que el águila volvería (pues ya tiene pollos, y la comida, que nunca sobra, donde más hace falta es en el nido) y llevaba conmigo una cámara de fototrampeo, la dejé instalada junto al cadáver del corcino. Veinticuatro horas después, sin embargo, los tristes restos del corcino seguían en el mismo lugar, pues no sólo el águila no había vuelto sino que ni siquiera un vulgar zorro había dado con ellos.

Os pongo otra foto, donde se puede ver al corcino en la posición exacta en que lo encontré. Se aprecia bien el orificio practicado en su costado izquierdo por el águila para comerse lo único que, cuando yo llegué, había devorado de su presa: el hígado. Si a la espléndida ave no le guardo ningún resentimiento por lo del corcino (que, además, era hembra, de las que estamos más que sobrados en la comarca), este hecho me la hace aún más simpática pues es de la misma tribu que yo, la de los que aprecian grandemente el valor nutritivo del hígado de las piezas que cazan. Con su comportamiento, escogiendo por instinto el bocado del hígado sobre cualquier otro, me ha dado un argumento más para defender el consumo -todo lo cauteloso que se quiera, pero el consumo- de algunas vísceras de los corzos, extremo sobre el que ya hemos debatido anteriormente en otras entradas de este foro.

Pablo Ortega.



   
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(@ENRIQUE Navarro Hernández)
Active Member
Registrado: hace 7 años
Respuestas: 1
 

Hola a todos. Soy Enrique Navarro, presidente de la asociación Grupo TAGONIUS. Tan sólo dar mi enhorabuena a Pablo por su excepcional avistamiento y magnífica forma de relatarlo (aunque a esto nos tiene ya más que acostumbrados). Y darle también las gracias por el esfuerzo en compartir esta sabiduria del monte, siendo este esfuerzo muy pocas veces valorado. Es un auténtico privilegio el poder contemplar aún escenas tan relevantes como la que nos cuenta, en las que uno de los predadores más importantes de aquellas tierras (el águila real) continúe con su labor de equilibrador de las especies presa existentes en su zona de campeo. 



   
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(@florencio-a-markina-lamonja)
Trusted Member
Registrado: hace 7 años
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Fantástico relato de la vida salvaje en estado puro. Efectivamente, como tu bien dices, Pablo, un corcino cazado por un predador natural, y más si es un ejemplar hembra, es un muestra mas de la importancia que cumplen predadores y presas en la cadena natual de los ecosistemas ibéricos. Otra cosa es que los corcinos acaben recogidos en un centro de  recuperación o bajo las fauces de la maquinaria agrícola, pues esas son muertes gratuítas que tenemos que evitar. En cuanto a lo de la jabalína, y aunque en la foto no se aprecia muy bien, podría tratarse de un lazo. He visto ese tipo de heridas en el cuello muchas veces y casi siempre, se deben a lazos mal colocados de los que el animal, tras forcejear, consigue liberarse.

Un gran testimonio y vaya suerte de estar en ese momento y lugar para experimentar ambas estampas.

Un abrazo

Floren



   
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(@evaristo-espada-moliner)
Eminent Member
Registrado: hace 7 años
Respuestas: 26
 

Hola Pablo.

Es un documento magnífico, y quiero felicitarte por traerlo aquí.

Evaristo Espada.



   
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(@joaquin-garrido-ovelar)
Reputable Member
Registrado: hace 7 años
Respuestas: 484
 

Enhorabuena Pablo por los reportajes y por tu forma de contarlo. Es un privilegio el tenerte entre nosotros y aunque sea de forma esporádica, o al menos no tanto como nos gustaria, nos regales estos relatos acompañados con sus fotografias!!!. La naturaleza nunca deja de sorprendernos.

Enhorabuena asimismo por el artículo publicado en la Revista de Caza Mayor de este mes de Mayo " tiempo de buitres".

Abrazos

Joaquin Garrido (Quini)



   
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(@jesus-usieto-allue)
Reputable Member
Registrado: hace 7 años
Respuestas: 406
 

----- Mensaje original -----

El sábado de la semana pasada, hacia la una de la tarde, fui a colocar una cámara de fototrampeo en determinado paraje de mi coto. De camino, me llamaron la atención -por lo inusual de la hora- dos jabalinas que, a pleno sol, hozaban en un lindazo del monte, resguardado por un espeso festón de espinos del fuerte cierzo que soplaba en aquella jornada. Andaba observándolas y fotografiándolas desde la distancia, extrañado por la extensa cicatriz que una de ellas mostraba en el lado izquierdo del cogote cuando, de repente, sin ninguna duda tras algún gruñido o señal acústica de ellas que yo no pude escuchar, salió de entre los espinos una movediza barahúnda de rayones. Aparecer estos y tumbarse las dos cochinas para darles de mamar fue todo uno. Tomé una foto precipitada y, confiado en la cobertura que el intenso viento me proporcionaba, arranqué hacia ellas, en la seguridad de tener delante una ocasión excepcional (por la luz y la belleza del emplazamiento, entre los espinos en flor) de poder captar unas imágenes poco habituales en campo abierto. Sin embargo, algo debieron barruntar, porque cuando asomé al recodo desde el que pensaba poder disfrutar a buena distancia de la escena, todos habían desaparecido. Así que debí conformarme con las fotos previamente tomadas desde la lejanía, como las que os pongo a continuación: 

Las dos jabalinas, hozando antes de que convocasen a la hora del rancho a los rayones. (Había escrito &acute,antes de que tocasen fagina&acute,, pero la mayoría ya no ha hecho &acute,la mili&acute, y no sabe lo que es eso). Se puede apreciar la lesión en el cogote de la de la izquierda.

Una de las jabalinas, con sus rayones.

Ayer, aproximadamente a la misma hora, volví a retirar esa cámara, y otra sorpresa me aguardaba. Al trasponer una loma, una inmensa águila real se arrancó del suelo, inusualmente cerca de mí. Me acerqué al punto del que había volado, esperando encontrar algún resto de lo que sin duda la rapaz estaba comiendo, y esto fue lo que hallé:

Se trataba de un corcino de pocos días. Podéis ver alredededor de él los puñados de pelo arrancados por el águila al iniciar el pelado de la pieza, indicio que, aún en el caso de que yo no hubiera visto al ave de presa, indicaría bien a las claras la especie a la que atribuir la muerte del animal.

Como el corcino era muy pequeño y el águila muy grande (sin duda, la hembra de una pareja cuyo nido conozco y se halla en las cercanías), me extrañó mucho que al arrancar el vuelo el ave no se llevara a su presa en las garras. Más aún cuanto que ésta se hallaba en un resalto de la empinada ladera, sin nada que estorbase esta maniobra y desde donde casi sólo con abrir las alas y dejarse caer se puede llegar al cortado donde anida. Como estaba convencido de que el águila volvería (pues ya tiene pollos, y la comida, que nunca sobra, donde más hace falta es en el nido) y llevaba conmigo una cámara de fototrampeo, la dejé instalada junto al cadáver del corcino. Veinticuatro horas después, sin embargo, los tristes restos del corcino seguían en el mismo lugar, pues no sólo el águila no había vuelto sino que ni siquiera un vulgar zorro había dado con ellos.

Os pongo otra foto, donde se puede ver al corcino en la posición exacta en que lo encontré. Se aprecia bien el orificio practicado en su costado izquierdo por el águila para comerse lo único que, cuando yo llegué, había devorado de su presa: el hígado. Si a la espléndida ave no le guardo ningún resentimiento por lo del corcino (que, además, era hembra, de las que estamos más que sobrados en la comarca), este hecho me la hace aún más simpática pues es de la misma tribu que yo, la de los que aprecian grandemente el valor nutritivo del hígado de las piezas que cazan. Con su comportamiento, escogiendo por instinto el bocado del hígado sobre cualquier otro, me ha dado un argumento más para defender el consumo -todo lo cauteloso que se quiera, pero el consumo- de algunas vísceras de los corzos, extremo sobre el que ya hemos debatido anteriormente en otras entradas de este foro.

Pablo Ortega.

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