¿Cómo pueden coaligarse las cosas, para que uno se tenga que bajar del burro de la gloria, y tenga que unirse al denostado grupo de los de a pié? No lo sé.
Podía haberme partido un rayo la tarde anterior, cosa nada dificil dado el aparataje electrico de esa anochecida sin sol. Podía, puestos a ser menos dramáticos, haberme torcido un tobillo al resbalar en el barro mientras corría al refugio del coche iluminado por los flash del cielo, como actor en la alfombra roja. Podía haberme comido la mano un cerdo. Cualquier cosa, antes que dejar un bello corzo a la amanecida, para pasto de gusanos y muerte lenta.
Treinta años cazando lo más honradamente que sé, y nunca había probado las hieles de ésta absoluta derrota. Que amarga se vuelve la vida, algunas veces.
Mi pobre corzo, no merecía que yo le hiciese ésto. El lo hizo todo bien, y casi con la primera luz de esa fresca mañana, se retiraba al abrigo del monte después de dominar su feudo, y con su debilidad manifiesta por un perdido de flores, que es lo único que le hacía vulnerable.
A paso ligero, como todas las madrugadas, se quitaba de enmedio, huyendo del peligro de la luz, como todo gran corzo sabe, pero allí estaba yo, por desgracia.
Solo tuve unos segundos para verlo, para no encontrar un buen apoyo, y con la cruz bailando en su costado, decidir, pues es el cazador el que tiene esa elección, disparar. Ese y no otro, fué el error. Nunca debí hacerlo. La soberbia de muchos buenos disparos, sin contar la suerte que tuve en algunos de ellos, olvidar que los aciertos tapan muchos errores, la avaricia al ver el trofeo, me hicieron precipitarme. Cuatro dedos en otra dirección, y le hubiera dado una muerte digna, y ahora, 8 cm de indignidad.
Nadie más tiene la culpa, y él lo va a pagar de una forma horrible. Justo es, que la conciencia no me lo quite nunca de la cabeza, que nunca olvide, y nunca lo haré. No volveré a arriesgar un tiro en lo que me queda de vida, al menos eso han ganado los demás. No merece la pena una cuerna más o menos en la pared, si todo ésto no lo acompaña una muerte digna y rápida.
Algunas veces fallé el tiro, y otras acerté, como todo el mundo, pero ésto.... no lo conocía en mis carnes. Cuando he pisteado casos parecidos de otros cazadores, no dejaba de sentir desprecio por la faena mal hecha, por lo rechazable que me parecía hacer las cosas tan mal.
Hoy, paso a formar parte de todo lo que yo rechazaba por imposible.
No se me quita de la cabeza lo hermoso de la amanecida tras la tormenta. El paisaje, el olor de la tierra, el frescor del agua en la ropa, y el corzo, ya de retirada, por el regato de la chopera, su sangre en el suelo. Mi perra Pepa y yo, intentando encontrar su rastro más de tres horas, y la sangre que se vá perdiendo, y los rastros cruzados con otros muchos, y el calor, y los cochinos que se arrancan y confunden a la buena de mi perra. Ella no puede, y yo menos. Kilómetro y pico, deseando que él muera, aunque sea de un infarto, y la realidad más dura, vá demasiado vivo, y probablemente condenado como he visto a demasiados, a muerte lenta. Pobre corzo. No me merecía.
Pedro Camacho Ruiz
Pedro, no es consuelo y lo sé, pero esas cosas nos han pasado a todos en alguna ocasión. Comparto contigo la amargura. En mi recuerdo está aquel corzo al que disparé de forma indigna, queriendo alcanzar la columna y revolqué con un desafortunado calentón de agujas. Supongo que todos pecamos alguna vez de exceso de confianza, cuando no de codicia.
Saludos
Gerardo Pajares
Lo lamento querido Pedro, y te comprendo porque no solo nos ha pasado a todos sino que a mi no hace ni un mes de algo parecido y que conté aquí. En mi caso de noche casi ya, y a una distancia que con poca luz nunca debe intentarse.
Es duro pensar en cómo ese corzo acabará sus días, lo indigno de su más que probable final, pero creo firmemente que son precisamente estas cosas las que nos forman, nos enseñan, y nos convierten en mejores cazadores a poca sensibilidad que tengamos.
Comparto esa penitencia, y lo hago hasta tal punto que me mi conciencia sigue preguntando si aquél corzo mio estará vivo, muerto, o a lo peor mutilado.
En fin, que aunque como dice Gerardo no sea consuelo, no serás el primero ni el último de entre los buenos cazadores que yerran en la decisión.
Un abrazo,
Jaime
D. Pedro, entonar el Mea Culpa, el pedir perdón a un animal y reprochar a la vez a uno mismo un acto impropio, honra grandemente a tu persona.
Sólo decir en tu descargo, que lo que llamas indigno, a mi se me ha transformado en digno, por la humildad y el saber disculparse en un acto realizado cegado por la vanidad de los que cazamos y por el ansia de poseer a quien muchas veces nos gana la partida, poseyéndonos a nosotros, nuestros sueños e ilusiones.
Y aunque no te sirva de consuelo, somos muchos los que hemos echado el grito al cielo cuando hemos hecho lo mismo que tú, herir sin necesidad.
Saludos y ánimo.
vaya putada, Pedro, ya lo siento.
todos tenemos en nuestro haber alguna hiel.
venga, un abrazo!
Alvaro
Cuando he leído tu mensaje se me ha vuelto a remover la conciencia pues hará cosa de un mes me ocurría exactamente lo mismo...4h de pisteo y cerca de un km y hasta hoy. Es una sensación horrible sin duda.
Sólo me queda animarte y desearte suerte en los lances venideros.
Un saludo,
Alfonso Urbano López de Carrizosa
Que putada, es cierto, pero para ese hermoso quinteño.
Tenemos razón todos en calificar el error que tenemos al decidir el tiro, como codicia y ansia de poseer. Es verdad.
Pero nada dignifica el hecho en si, y menos confesarlo desde tu casa despues de comer.
Espero no necesitar suerte en lances venideros, si no el buen hacer que me exijo siempre, pero multiplicado por dos.
En fin, despues de mi confesión, la penitencia: Nunca olvidar.
Un abrazo a todos, que como yo, cazadores al fin y al cabo, sabeis, entendeis, y comprendeis lo que siento yo, y lo que ahora siente mi corzo.
Pedro Camacho Ruiz
Pedro que gran relato, cuentas la vida misma, lo que a muchos por desgracia nos ha pasado alguna vez y no tuvimos el valor de contarlo. Entonar la mea culpa en un foro público dignifica lo grande que eres.
Que valor. Seguro que servirá de ayuda a otros, para no precipitarse.
En fin, sólo te puedo decir que igual con la ayuda de algún perro de sangre (AEPES) puedes intentar recuperar el corzo, y sacarte una parte de la espina que te ha quedado clavada.
Ánimos y suerte
saludos,
EM
Estimado Pedro,
Precioso relato y dura realidad como la vida misma, de todas formas y aunque no te consuele, esto solo le pasa a los cazadores, que en buena lid intenta rematar las faenas cinegéticas, con el menor sufrimiento de nuestro querido capreolus, pero a veces estas cosas ocurren, de todas formas como dice Javier, lo importante es tu arrepentimiento y el haber aprendido la lección, lo malo hubiese sido no darle importancia y seguir como si nada.
Este comportameinto dice mucho de tu persona como cazador.
Enhorabuena por tu relato y por hacerlo extensivo a todo el colectivo que tomamos buena nota de ello, para evitar en la medida de lo posible que esto nos ocurra a nosotros, aunque desgraciadamente ocurrirá.
Saludos

