Es cierto, yo conocí ese corzo y aún recuerdo las cicatrices de Ricardo (Calo, para familiares y amigos), una persona acostumbrada a tratar en su Centro con todo tipo de animales peligrosos, incluido el oso que un día casi le mata.
Todavía hoy en día, camino de la playa, muchos años después, miro con nostalgia su casa y siento que es una pena que mis hijos no puedan tener el recuerdo de la visita, en aquellos veranos de la infancia, a Calo, a sus animales, y a sus académicas explicaciones e historias, que por su amenidad y altura todos escuchabámos con adminiración, y yo con un respeto casi miedoso.
Gracias, Calo, donde estés.
Bernardo Gutiérrez San Miguel


