Con un otoño para olvidar en lo que a la caza de la arcea se refiere, enfoco ya el invierno con más tareas que las de perseguir a la incierta picona por los escarpados montes de Asturias. No obstante, con la prolongación de la temporada a estos primeros días de febrero, por mor de la armonización de calendarios entre CC.AA., hemos aprovechado para andar pateando por el interior de estos umbríos bosques del Cantábrico.
Recorrer estos hayedos y robledales nos traslada a otros tiempos donde no existía la prisa y el objetivo era la mera supervivencia. Asombra encontrar en su interior, un lugar que bien pudiera creer uno que no ha sido nunca hollado por el pie humano, restos de construcciones antiguas, mudos testigos de otras industrias. ¡Qué no habrán visto estos viejos árboles!
En este vagar por entre tan vegetal escenario localicé las primeras señales inequívocas de que el señor de esta selva anda mudando la vestimenta.
Este cornejo muestra la herida reciente que le infligió un corzo que no se mostrará nunca en prado o claro alguno. La perra, compañera infatigable de estas andanzas montaraces, se detuvo un momento, olfateó la señal y continuó con su trote. El corzo está descorreando otra vez cuando florece la salguera.
Saludos
Gerardo Pajares
Precioso bosque Gerardo.
Ya se acerca el momento y en nada estamos mirándolos y remirándolos. En este sentido os cuento que el pasado 19 De Enero, en una montería Alcarreña, me pasó por delante un imponente macho de corzo totalmente limpio ya.
Saludos,
Jaime
¡Que envidia de montes Gerardo!
¡Y de que forma tan diferente ocurren los mismos sucesos en distintos sitios! El que he visto yo esta tarde iba pleno de terciopelo y calculo que le quedará más de un mes para limpiar.
Saludos.
Parece que huelo la humedad en esas fotos.Preciosas.Este sabado tambien estuve intentando ver rastros de limpieza de cuernas y no vi nada por el oriente asturiano, en seguida no llegara.





