Viejos Conocidos
Tres años en la vida de un corzo son casi una vida entera; para un fotógrafo, el tiempo justo para aprender a respetarlo. Lo descubrí siendo un macho joven y esquivo, dueño de un pequeño rincón del monte. Temporada tras temporada, he visto cambiar la forma de sus cuernas, madurar su instinto y defender su territorio. Él no sabe mi nombre, ni yo necesito el suyo. Pero hoy, cuando he apretado el disparador y nuestras miradas se han cruzado a través del objetivo, el bosque se ha quedado en silencio. Ya no hay desconfianza. Solo dos viejos conocidos que comparten el secreto de la misma querencia.













